Uno de los nuestros

Son las 22:30 y el Tiro de Línea suena a algarabía. Todos saben del dolor de un hombre que va a entregarse y de los puñales que atravesarán el alma de su Madre pero, en el Tiro de Línea, suena algarabía porque, como bien dice nuestro Pontífice, Dios no quiere cristianos tristes.

La puerta del templo se abre, cautelosa, como queriendo reservarse para sí misma el secreto que se va a vivir tras ella. Las voces aminoran y, aunque desde el altar se pide silencio y respeto, la petición es superflua porque, justo cuando los viejos goznes de la puerta de la sacristía anuncian su presencia, todo el mundo enmudece.

Despacio, llevado con mimo por varios servidores de priostía, aparece Él. Quizás, es cuando sentimos con más fuerza la fragilidad de su cuerpo y la grandeza de su espíritu. Sólo, guiado por las manos que lo cuidan y con el cíngulo de los brazos de aquel que pregonara al médico de la “Bata morá” ciñéndole la cintura, se acerca lentamente al presbiterio.

Ocho luminarias dan calor y luz a su camino. De lejos, como en un murmullo, las voces de un coro que traslada la congoja de sus corazones a los inesperados quiebros de su voz. Se hace el primer rezo, mientras todos saben que, ahora, más que nunca, Dios está aquí.

Nuevamente su cuerpo avanza y el brillo de las lágrimas se hace presente bajo la tenue luz de la cera.

Allí junto a Él, el hermano que llora por los que ya no están; la hermana que pide salud; niños que, aunque no acaben de comprender, en sus pequeños corazones saben de su grandeza; quién pide trabajo y quién da gracias porque ya lo tiene; quién en su joven corazón siente que la fe le flaquea pero que, al verte, no puede evitar que le dé un vuelco y le reconforte; todos, latiendo como un sólo corazón porque ese Dios que se desplaza lento por la nave, es uno de los nuestros.

El último tramo lo acerca a su trono de Rey celestial. La grandeza de su estirpe y su divinidad reluce en los bordados su túnica. Se deja llevar porque, en Él, están todos los presentes y los que desde sus hogares le rezan a cada momento.

La salve se canta solemne, mirando a una Madre que cuenta las horas para revivir de nuevo su agonía. Una media sonrisa se dibuja en su rostro, ¿Sólo, Abandonado? ¡Ay de quién no conozca a Dios en su casa del Tiro de Línea!

Con sumo cuidado se dan los últimos retoques. Sobre sus sienes, colocan la luz de su realeza: Jesucristo, Hijo y Señor; Cautivo en un barrio; Dios, uno de los nuestros.

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