Berta y el dragón

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Berta era una niña muy aplicada, nunca dejaba sus deberes sin hacer ni desobedecía a sus padre ni tampoco jugaba con el fuego de la chimenea pero siempre llevaba el pelo chamuscado. Las vecinas del barrio murmuraban que Berta debía dormir demasiado cerca a las llamas y, por eso, cada noche, las chispas hacían que su pelo luciera achicharrado.

Berta quería llevar sus rubios rizos al viento, como sus amigas, pero su pelo quemado sólo le dejaba llevar una coleta sin gracia. Berta no era feliz con su pelo chamuscado pero no podía contar al mundo su secreto.

En la pequeña casita de perro que había en su patio, Berta tenía una mascota, una muy juguetona que disfrutaba haciéndola rabiar. Berta había encontrado un huevo de dragón y lo había cuidado con mimo hasta tener un dragoncito que, travieso, disfrutaba quemando el pelo de su compañera cada vez que empezaba a lucir bonito sobre la inquieta cabeza de Berta.

Un día Berta ya no quiso salir a la calle. Su dragón había vuelto a quemarle el pelo y no tenía fuerzas para evitar las burlas de los niños del colegio. El dragón se sentó a su lado, con un hilillo de humo saliendo de su boca y se echó en su regazo, se sentía el causante de los males de Berta. Los días fueron largos, el pelo seguía seco y quebradizo pero la casa por fin dejaba de oler a chamusquina. El dragón siguió lanzando su fuego mientras que Berta miraba el cielo que se abría por encima de la verja del patio. Estaba condenada a seguir allí, junto a su dragón, sin volver a pasear ni ver los cerezos florecer.

El dragón la miró. Sabía que no podía hacer nada por evitar quemarle el pelo de nuevo. Él sólo abría la boca y el fuego salía, automático, cruel y directo a la cabeza de Berta. Pero quizás ella pudiera hacer algo para evitarlo, tal vez…

Al llegar la primavera, Berta abrió la ventana de su cuarto. Hacía días que los cerezos habían florecido y ella necesitaba ver las motitas blancas entre los árboles del prado. Miró a su dragón que al sentir su mirada abrió la boca despidiendo fuego…Berta lo esquivó…¡claro, esa era la clave! Cada vez que el dragón lanzara fuego, ella tenía que esquivarlo.

Berta salió a la calle. Los cerezos la esperaban resplandeciente. Con su dragón de la mano y su pelo corto disfrutó del bello espectáculo de la naturaleza.

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2 Comentarios

  1. Entrañable cuento, Beatriz. A veces tenemos que elegir entre lo que queremos, en este caso el dragón; y lo que ello nos obliga a renunciar. Al menos, Berta pudo en este caso encontrar el punto medio. Saludos!!

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